martes, 10 de enero de 2017

Cómo convertir electrones en oro



CUANDO me jubile haré un doctorado para comprender el ciclo de la energía eléctrica, ya que, en estos momentos, me resulta tan complicada de asimilar como el arte amatorio del bosón de Higgs con los leptones. Lo considero un proceso alquímico que convierte los electrones en oro incumpliendo todas las leyes del mercado, la física, la lógica e, incluso, la logística. Echo un vistazo a la factura y se me funden los plomos, saltan los diferenciales y me quedo a oscuras, como sin energía. Es inútil apagar luces o electrodomésticos para ahorrar, al final, los recibos se parecen unos a otros ya seas un derrochador o un miserable avaro. 
Me explica por teléfono una señorita muy amable que es por culpa del alquiler del contador, el mantenimiento de la red de distribución y media docena de cosas más. Pero se queda callada cuando le recuerdo que cuando echo gasolina pago por el líquido que consumo y no una cantidad cada mes por el alquiler del surtidor y la red de barcos y camiones que la transportan desde los Emiratos Árabes. 
Es todo tan absurdo que la ineficiente bombilla incandescente costaba 60 céntimos y la ahorradora de led casi doce euros. Una paradoja como la de los molinos eólicos, que uno no sabe si giran porque hace viento o hace viento porque giran. Dado el precio del servicio podría pensarse que están enchufados a la red eléctrica como los ventiladores o los expresidentes y exministros. Caramba, ¡qué coincidencia!
Josetxu Rodríguez
@caducahoy

jueves, 5 de enero de 2017

Tirar antes de leer 96: Necesito dinero y adelgazar

Queridos Reyes Magos:
Seré breve. Necesito dinero y adelgazar.

Hola:
Aquí los Reyes Magos. Gracias por ser breve. Nosotros también lo seremos. Trabaja y no comas tanto.

martes, 3 de enero de 2017

domingo, 1 de enero de 2017

Dale el oso, por favor


EL oso. Quiero el oso. Dame el oso, ama. Porfa, el oso. ¡El osooooooo!”, Viajábamos una muchedumbre en el autobús. Al volante, un sustituto con el carné sacado en la mili y perfeccionado en la conducción de reses al matadero. “El oso, ama, el oso”. Dado los acelerones y virajes, en el París-Dakar lo habrían detenido por conducción peligrosa. Miraba por el retrovisor y se le veía disfrutar. “Quiero el oso. El oso, el oso, el oso”. En una curva en la que chirriaron las ruedas, a una anciana se le saltó la dentadura que quedó incrustada en el bolso de su compañera de enfrente.
Y allí estábamos, encerrados, como en el infierno de Dante, con un niño gritón y exasperante que, por lo que pude deducir, quería el oso de su hermano. El oso, ya saben, el oso. Su ama jugaba al Candy Crush con los auriculares puestos. Inmune a los gritos como lo son al tren los que viven junto a las vías. “Dame el oso, ama, el oso, oso, oso”. Pensé en quitarle el oso al hermano para metérselo en la boca al energúmeno en ciernes, pero estaba armado con un sonajero y con claras intenciones de usarlo como arma.
Eché un vistazo a los presentes. Por su mirada deduje que un tercio estaban dispuestos a tirar al niño por la ventana;el otro, a la madre y al niño y dar al pequeño en adopción, y el resto, a lanzarse ellos como último recurso. Si no se produjo una masacre autoinfligida fue porque llegamos a la parada y los tres y el oso salieron ajenos por completo a los efectos colaterales que producía su existencia.
Josetxu Rodríguez. @caducahoy


miércoles, 28 de diciembre de 2016

Un libro entre los juguetes ¡cuerpo a tierra!



  LA alarma sonó alta y clara en El Arenal, como en los bombardeos de la Guerra Civil. El peligro se localizó entre los juguetes que se recogían para aquellos niños que carecen de ellos, si es que queda alguno. En quince minutos llegaron los servicios de emergencia: ambulancias, cuerpos policiales variopintos, agentes de paisano, supervisores encubiertos de agentes de paisano y contravigilancia de supervisores, además de desactivadores de explosivos, bomberos y un electricista, por si hiciera falta. 

El origen del sobresalto se centró en un objeto cuadrangular, parecido a una caja de donettes, encontrado entre los peluches que mostraba extraños caracteres. Parece escritura árabe, dijo el electricista. Tras lo cual, se acordonó medio kilómetro cuadrado y se llamó a un experto en idiomas terroristas. Tras examinarlo a prudente distancia concluyó que se trataba de una dedicatoria escrita por un médico en un libro de poesía en euskera para niños. Se produjo una enorme conmoción. ¿Quién ha podido ser el desalmado? ¿Y si un pequeño lo hubiera cogido sin querer y lo hubiera leído, quién sabe qué efecto pernicioso podría haber provocado en su inmaduro cerebro destinado exclusivamente a consumir sin más pretensiones vitales? 
El grupo de anticontaminación de la central de Garoña se llevó el ponzoñoso objeto para depositarlo en el silo nuclear donde no pudiera hacer daño a nadie. Todos respiraron aliviados. Todavía no habían visto la factura del electricista...
Josetxu Rodríguez
 @caducahoy

viernes, 23 de diciembre de 2016

Juguetes inolvidables



MIENTRAS la fiebre de la recolección de juguetes con fines benéficos se expande por doquier, como la gripe, estas navidades se irán a la basura otros 2.000 millones de euros en regalos absurdos que no gustan a sus destinatarios. Una de las razones de este desperdicio es el Enemigo invisible, esa costumbre disparatada de regalar un pingajo a un desconocido para demostrarle que le odias con todo tu afecto. Puede ser una grapadora de gomaespuma, un paraguas ducha o un circo de piojos, todo acabará más pronto que tarde en el contenedor. 
Algo similar les ocurre a los niños, sepultados en chismes de usar y tirar cuando lo que necesitan es más tiempo y menos deberes. Todo lo contrario de lo que tuvimos la mayoría de los que leéis estas líneas: mucho tiempo y pocos cachivaches. Pocos, pero intensos, eso sí. Recuerdo el Cheminova, aquel juego de química con el que podías acabar con la fauna de un descampado a nada que te esmeraras un poco. O el pequeño taller de fundido de plomo. ¡Qué hermosas quemaduras producía! Mucho más duraderas que los vulgares tatuajes de hoy día. Se llevaba el premio la serrería eléctrica. Era nuestra preferida. Tengo amigos que para pedir tres cervezas tienen que usar los dedos que les quedan en las dos manos. Juguetes inolvidables que no se tiraban a la basura. Sobrevivimos a ellos de milagro y eso no se olvida fácilmente.
Josetxu Rodríguez  
@caducahoy

lunes, 12 de diciembre de 2016

El perfume de Cagoulinah


LA primera vez lo intenté en plan improvisación y me salió una especie de carraspeo gutural con acento gangoso. Cuando la dependienta se disculpó por no haberme entendido le contesté que solo quería champú para el pelo. Días después grabé con el móvil el anuncio de televisión para visionarlo una y otra vez hasta que la pronunciación fuera correcta. Carolina Herrera, Carorina Guerrera, Cagoguina Yerera, Cagoulinah Yererai. Y así, hasta que llegué a un nivel de perfección del que me sentí orgulloso. 
Volví a la perfumería, hice varias inspiraciones profundas para templar la faringe y, con la última, dejé salir el aire moderadamente pronunciando, en el tono, altura y timbre precisos, el nombre del perfume que deseaba comprar: Cogoulinah Yererai, por favor. ¿Cómo dice?, preguntó la dependienta con un dulce tono sudamericano. Se lo repetí varias veces, pero no hubo forma de entenderse. Le describí el anuncio, algo muy difícil de hacer, ya que la publicidad destinada a productos olfativos es más enrevesada que el cine de Fassbinder, pero me confesó que ella solo veía series y películas en Netflix. Tras lo cual, solo me quedaba la opción de emergencia: ¿Tiene alguna esencia para una mujer de mediana edad que usted y yo podamos pronunciar con normalidad? Enseguida llegamos a una solución de consenso. Salí encantado del establecimiento con mi frasco de Heno de Pravia y con la esperanza de que el día que se lo regale no me lo tire a la cabeza.
Josetxu Rodríguez 
@caducahoy

Al rincón de pensar



ALGUNOS se conforman con poco y creen que la felicidad está en que haya wifi, que la tostada no caiga del lado de la mantequilla o en que Aduriz termine un partido sin que le saquen una tarjeta o dos. Otros, como Woody Allen, la buscan en las pequeñas cosas, un pequeño yate, una pequeña mansión. Hay quien no quiere tener más de lo que tiene, sino al contrario, que le quiten cosas, por ejemplo, la hipoteca. Y para Gengis Khan, que como los de la primitiva no tenía sueños pequeños, la mayor felicidad consistía en “derrotar a tus enemigos, perseguirlos, robarles y violar a sus esposas y a sus hijas”.
 Para poner un poco de orden y responder a toda esta disparidad de criterios, la Universidad estadounidense de Harvard ha estado durante 76 años siguiendo la vida de 700 hombres, algunos del prestigioso centro y otros de los barrios pobres de Boston. “Hay muchas conclusiones de este estudio”, asegura Rober Waldinger, actual director del proyecto. “Pero la fundamental es que para mantenernos felices y saludables a lo largo de la vida necesitamos relaciones de calidad”. 
Y podría pensarse que, dado que nos pasamos el día pegados a las redes sociales y al WhatsApp, ya cumplimos el requisito, pero no es así. “La tendencia social es estar en redes sociales, pero en mi propia vida me he dado cuenta de que cuando estoy más feliz es cuando no estoy haciendo eso”. Quizá los amigos de Facebook nos estén ocultando a los reales. Iré un rato al rincón de pensar.

Josetxu Rodríguez 
@caducahoy

sábado, 26 de noviembre de 2016

Estoy del Black hasta el friday

  
Estoy del Black hasta el friday. Llevan un mes taladrándome la cabeza con este viernes consumista que espero dé paso pronto a un sábado sabadete, a un plácido domingo y, como es de esperar, a un maldito lunes. Al fin y al cabo, no deja de ser un jueves día de globos parahipster insatisfechos, frikis tecnoapáticos, cuñados con ínfulas y mariladys con falta de autoestima y presupuesto. Lo que fue una tímida invitación a comprar con algún descuento se ha convertido en un tsunami de promociones en el que no faltan las bragas princesa, los chinos cudeiros y hasta los envasados de talo con almejas. Y es tal el furor que provoca esta saturación publicista que empiezo a pensar que seré el único gilipuertas que no aprovechará la ocasión para ahorrar un montón gastando más de lo debido. Como en la paradoja del queso de gruyere que, cuanto más queso adquieres, más agujeros;y cuantos más agujeros, menos queso adquieres. Reconozco que he llegado a una edad que más que comprar me dedico a descomprar. A este estado de plenitud se llega tras una dilatada vida de acaparamiento de objetos inútiles que da paso a una etapa posterior en la que nos agenciamos cajas para almacenar lo acumulado. Y una tercera, en la que me encuentro, que se caracteriza porque regalamos o tiramos esas cajas sin ni siquiera abrirlas. Ahora miro los escaparates como se mira una colección de mariposas disecadas. Admiro la belleza de sus alas sabiendo ya que no sirven para nada.
Josetxu Rodríguez 
@caducahoy


lunes, 21 de noviembre de 2016

El auto bueno puede ser un mal conductor


SE lo digo desde ahora. No subiré a un coche autónomo ni aunque me lo regalen. Y no porque pueda decidir estrellarse contra un árbol antes que atropellar a un grupo de ciclistas o lanzarse por un terraplén si ve que un autobús escolar ha invadido el carril por donde circula. Son situaciones extremas que tendrán que resolver el ejército de programadores que se afanan en instalarle un código ciberético que sea asumible para quien lo compre. Mi rechazo se basa más en la incapacidad que les auguro para conducir de forma eficaz en este mundo agresivo y egoísta en el que la educación supone una desventaja social, como afirma Keanu Reeves.
Si la cosa no cambia, veo un futuro lleno de usuarios de vehículos autónomos muertos de inanición en las rotondas mientras esperan que algún conductor humano les ceda el paso. ¿Qué harán estos utilitarios que cumplen todas las normas de tráfico cuando los peatones empiecen a insultarlos y a zarandearlos? ¿Aparcar en la cuneta para sollozar o llevarán de serie algún dispositivo taser para defenderse del acoso? Si a una expendedora de bollos se la patea cuando se traga una moneda, ¿qué no sufrirán estas almas cándidas de la carretera nacidas sin maldad? Quizá necesiten llevar de serie al volante un maniquí malencarado para hacerse respetar. O una pegatina en la que pueda leerse bien clarito: ¡Cuánta gente para atropellar y qué vida más corta. Yo voté a Trump. Puede que así, sí.

Josetxu Rodríguez.      @caducahoy