jueves, 22 de septiembre de 2016

Me falta memoria RAM


EL lunes, mientras intentaba catalogar a un individuo en el Breviario de idiotas, de Ermanno Cavazzoni, me quedé sin memoria RAM. Sentí un pequeño chispazo cerebral y noté que las neuronas había dejado de procesar la información porque carecían de espacio donde almacenarla. Ya me temía algo así. En los últimos meses había experimentado ciertas desconexiones con la realidad cuando esta resultaba tediosa, recurrente o banal. Ustedes me entenderán si les digo que para retener un nombre tenía que olvidar otro y, por eso, ahora elijo con mucho esmero amistades, libros y paisajes. Intenté solucionarlo en plan bricolaje: me limpié las orejas y enchufé en ellas dos memorias USB de 64 gigas cada una. No dio resultado porque, como suele ocurrir en caso de necesidad, las conexiones no eran compatibles. He preguntado en el 112 y me han aconsejado que borre recuerdos que ya no necesito y que no olvide vaciar luego la papelera o no servirá de nada. Y en eso estoy. Preguntándome qué tiro: ¿el bachillerato, el himno de la artillería antiaérea, los telediarios, las canciones de misa, los montes de la cordillera Penibética? Es una decisión difícil porque estoy seguro de que la mayor parte de mi cerebro está llena de conocimientos inútiles que he olvidado que tengo y por tanto no podré desalojar. Por el momento, suprimiré la trigonometría y las películas de Fassbinder. Espero que eso me permita clasificar al idiota.

Josetxu Rodríguez   @caducahoy

martes, 13 de septiembre de 2016

Tirar antes de leer 94: Mi perro, ese sinvergüenza

""Pensando en mi perro...""

Mi perro duerme en promedio 16 horas por día.
Tiene toda la comida preparada para él y puede comer cualquier cosa que quiera.
La comida la recibe sin costo, y sin ningún esfuerzo.
Visita al veterinario una vez al año o cuando es necesario, si aparece algún mal.
Para eso él no paga nada y nada se le pide a cambio.
Vive en un buen barrio y en una casa que es mucho mayor de lo que necesita, pero no precisa limpiar nada, ni pagar alquiler ni pensar en un crédito hipotecario.
Si él ensucia, alguien limpia. Además ese alguien se ocupa del alquiler.
Él escoge los mejores lugares de la casa para dormir, y recibe esas comodidades completamente gratis.
Vive como un rey y no tiene ningún gasto por hacerlo.
Todos sus costos son pagados por otras personas que tienen que salir de casa para ganarse la vida todo el día…
Estuve pensando sobre eso y, de repente, me vino la respuesta............

¡ ¡ ¡ LA MADRE QUE LO PARIÓ....... ! ! !
¡ ¡ ... MI PERRO ES DIPUTADO..! !

lunes, 12 de septiembre de 2016

Cuerpo, mente y tarjetero



El miércoles, mientras degustaba unas alcachofas y la cartera atiborrada de tarjetas se me incrustaba en la nalga, recordé aquellos tiempos en los que era feliz e indocumentado. Incluso rememoré con nostalgia la utopía revolucionaria que consistía en levantarnos una mañana y desprendernos de los carnés de identidad tirándolos por el retrete, con la infantil pretensión de que el Estado se resquebrajara ante la desaparición documental de centenares de miles de contribuyentes. Qué ingénuos. No llegamos al centenar (yo lo tenía caducado y me sumé a la protesta) los que pusimos en práctica ese suicidio administrativo, pero fue muy reconfortante conocernos en la cola para renovar el documento. 
En los tiempos que corren, ni aunque me tirara por el desagüe conseguiría desaparecer. Tengo decenas de acreditaciones que registran mis pasos minuciosamente: la del banco, la bicicleta, el polideportivo, la alhóndiga, varios centros comerciales, la gasolinera, la Travel, la Barik, el carné de conducir y la microtarjeta del móvil, que rastrearía mi periplo por las tuberías camino de la depuradora. Decenas de centinelas que me señalan como ente burocrático. Incluso podrían suplantarme y seguir activas durante meses o quizá años hasta que saltara la alarma de los números rojos. O puede que encontraran la forma de entrar en mi fondo de pensiones y vivir eternamente. ¿Podría definirse eso como mi transustanciación plástica? Tendré que preguntárselo al asesor fiscal.
Josetxu Rodríguez                    @caducahoy

domingo, 11 de septiembre de 2016

Aquel camarero al que no le caí bien



AL camarero no le caí bien. Lo detecté enseguida gracias a mis grandes dotes de intuición, perspicacia y el somero análisis de su lenguaje corporal. Bueno, gracias a eso y a que me había llevado a empujones a una mesa junto al retrete y servido la comida fría y la cerveza caliente. Por lo que pude comprobar, consideraba que mi vestimenta no estaba en concordancia con los candelabros dorados de las mesas y mucho menos con la renta per cápita de los presentes en el local: mucho fontanero, dentista y vendedor de homeopatías varias, ya saben. Tenía razón. En realidad, yo había entrado a ese restaurante de postín persiguiendo a un Pokémon cojo, lo que no es razón para merecer ese trato. Y se lo hice saber amablemente poniéndole la zancadilla mientras transportaba una paella de langosta para doce comensales. Se puso furioso, no sé por qué, la verdad. Igual fue al ver que los trozos de langosta desaparecieron antes de llegar al suelo y una señora escondió dos cigalas en el surco de sus pechos prominentes. La cuenta fue un sablazo descomunal, pero me vengué alertando a la Policía de que había visto a un individuo con varios cuchillos de grandes dimensiones y vestido con una especie de túnica blanca en un restaurante. No les dije que estaba en la cocina. Cuando salí de allí, un rugido de sirenas se acercaba al local a toda velocidad. Ni siquiera volví la vista atrás.
Josetxu Rodríguez        @caducahoy