viernes, 21 de abril de 2017

Le Pen, muerta de envidia

 
CUANDO vi la agresión ultra de Bilbao experimenté dos sensaciones contrapuestas. Por un lado, me hirvió la sangre, y por el otro, se me heló el corazón. El primer impulso estaba relacionado con la sed de venganza, el instinto primario de devolver el daño corregido y aumentado: el ojo, por los dos ojos, y el diente, por la dentadura completa. Escuchando los comentarios a mi alrededor me quedé corto, muy corto, ante la capacidad del personal para imaginar tormentos que ni los guionistas de Juegos de tronos se atreverían a soñar.
 Pasado el calentón, y cuando la sangre se retiró del cerebro, pude sentir el frío en el corazón al constatar que todavía hay seres humanos que no merecen el nombre. Como ese homínido sin evolucionar y con el cerebro de una rata almizclera que, en la Plaza Nueva de Bilbao, golpea, humilla, abusa y persigue a una persona tan indefensa como lo serían ustedes o yo. Le vemos en las imágenes con su coro de primates coreándole los golpes y sentimos que no es posible que campen a sus anchas y alardeen de ello en las redes sociales sin que alguien les proteja y agasaje. Como a quien organiza homenajes a los generales franquistas y cantan el Cara al sol con un exministro presente. 
Si la ultraderecha no se presenta a las elecciones es porque ya está gobernando. Hasta Marine Le Pen se muere de envidia por el poder que atesoran sus camaradas españoles.
Josetxu Rodríguez
@caducahoy